Adios a las Armas

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Culiacán muere lentamente de inanición. Rostros demudados, miradas furtivas, cabezas inclinadas, brazos rígidos pegados al volante en una noche de Halloween que antes era pura risa y diversión.

Culiacán muere lentamente de inanición. Rostros demudados, miradas furtivas, cabezas inclinadas, brazos rígidos pegados al volante en una noche de Halloween que antes era pura risa y diversión. Las patrullas llenas de soldados armados hasta los dientes intimidan y aunque están para proteger, no cualquiera se anima a andar de noche por nuestra ciudad. Siendo las 11 pm del 31 de octubre, las calles de la ciudad lucen desiertas. Atrás quedaron aquellas escenas de cientos de jóvenes exudando testosterona (y otras hormonas) por el malecón nuevo y la Isla Musala, disfrazados de manera muy ingeniosa y divertida.

Los autos rugiendo, el aire tosiendo humo de llanta quemada, la música estéreo de los Pioneer reventando los tímpanos, eran el trasfondo decorativo de una fiesta que no reparaba en gastos y excentricidad. Cada grupo, cada individuo competía por ver quien se llevaba el aplauso o la exclamación de falso escándalo de los cientos de espectadores que acudían hasta con su familia, bebés incluidos, para observar esa tradición norteamericana tan admirablemente adoptada por los jóvenes culichis.

Diablitos, novias de Chucki,  hombres lobo, Quasimodos y hasta unos curiosos niñotes en pañales, entre muchos otros disfraces, podías ver desfilando por esta L que empezaba en la discoteca El Grito y terminaba en el Citicinemas de la Isla. Culiacán verdaderamente era una fiesta que no sabía de tristezas y angustias de ningún tipo. La gente reía, gozaba, se divertía a más no poder, y los dineros volaban de un bolsillo al otro cual abejas libando su néctar en un campo florido.

Era la época de los buenos tiempos, como dirían algunos nostálgicos de hoy. En cambio, ahora, todo es ruina, desolación y crujir de dientes, miradas apagadas, ánimos decaídos. Es como si una maldición bíblica hubiese caído sobre la ciudad, castigada con una lluvia de fuego por sus nefandos pecados. Esta noche de Halloween apenas un puñado de carros transitaban por sus calles, sin decorados, sin brazos de cartón saliendo de las cajuelas, y todos, pero todos, guardando un sepulcral silencio. Apenas son las 11 de la noche y quienes no han cenado, literalmente, morirán de hambre. Todo está cerrado, hasta los famosos tacos Miguel de Tierra Blanca y ya no se diga la cenaduría La Mexicana.

Es una verdadera tristeza todo lo que pasa en nuestra ciudad. Cada uno de nosotros no alcanza siquiera a explicarse cómo ha sobrevivido. Vivíamos en una burbuja de falso esplendor, lo sabíamos, pero volteabamos a otro lado queriendo tapar el sol con un dedo. La época de vacas gordas ha terminado,  y ningún Josué nos advirtió de erigir graneros para capear esta época de vacas flacas. "En la cuna del hambre mi niño estaba y con sangre de cebolla se amamantaba". No más nanas de cebolla. Hagamos todo por regresar al sendero de la paz y la prosperidad a nuestra querida ciudad de Culiacán.

 

 

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