El narco paga, y paga muy bien

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Los estudiosos señalan que el narcotráfico prolifera en los lugares donde se observa un abandono del Estado como ente regulador de la vida social: zonas marginadas, carentes de desarrollo económico...

Uno podría sorprenderse de que todavía esté vivo el fuego de la lucha contra el narcotráfico que han emprendido desde hace ya un año las autoridades federales y estatales. Miles de personas han muerto en esta pequeña guerra de baja intensidad entre facciones criminales que se resisten someterse, unos y otros, al orden que quieren imponer las autoridades. Cuando parece que todo está apagándose, surgen con mayor virulencia brotes violentos con múltiples bajas que obligan a uno a preguntarse de dónde sale ese poder de reposicionamiento.

No contamos a las personas que conservan su vida y han sido detenidas, las cuales aparecen en los diarios por racimos de ocho o diez personas. Este reabastecimiento constante de los integrantes de sus filas es sorprendente, porque quienes se suman saben muy bien que van a una muerte casi segura o cuando menos a una condena de prisión de muchos años. Esto demuestra un poder de convencimiento impactante de las organizaciones criminales, una capacidad de obtener un consentimiento voluntario digno de estudiarse.

¿A cuanto ascenderá el capital humano con que cuentan? ¿De qué tamaño es su ejército de reserva? ¿De donde los sacan? Es muy evidente que el grueso de la fuerza combatiente de los carteles de las drogas provienedel sector rural, de la gente que ha nacido, crecido y vivido en el campo, en las rancherías. Es sorprendente cómo se ha esparcido a lo largo de décadas este fenómeno, un tiempo circunscrito a las zonas serranas de nuestro estado, pero que ahora está presente por todos lados, valles y costas, devorando por completo el territorio.

Los estudiosos señalan que el narcotráfico prolifera en los lugares donde se observa un abandono del Estado como ente regulador de la vida social: zonas marginadas, carentes de desarrollo económico, de oportunidades de empleo, de servicios de salud, educación, cultura, seguridad y justicia, con deficientes vías de comunicación y escaso contacto, por lo tanto, con las zonas urbanizadas que ofrecen, mal que bien, una perspectiva de futuro y desarrollo pleno de todas las potencialidades del individuo. El abandono del Estado de estos territorios permite, por lo tanto, que una actividad como el narcotráfico campee a sus anchas.

Por ello, los estudiosos también dicen que el narcotráfico se convierte en un Estado dentro del Estado. Ellos se apropian de los territorios abandonados por el Estado legítimamente constituido y los convierten en “territorios de exclusión”, es decir, territorios que viven al margen del estado de derecho, que obedecen a leyes y normas dictadas por este poder fáctico que gobierna, triste es decirlo, a base de horca y cuchillo. Efectivamente, no existen vacíos de poder, y en esos lugares la ausencia del Estado es suplida por el narcotráfico, que se convierte en el único horizonte de posibilidades para todos los habitantes que residen en estos territorios de exclusión.

El narcotráfico da empleos, presta dinero, vende, otorga, arrienda, sub arrienda propiedades, despoja propiedades, expropia toda actividad productiva aplicando un sistema feudal en donde los únicos dueños de todo son ellos; en fin, hace y deshace en esos territorios a donde no llega a posarse la mano del Estado. A lo largo de casi cien años esta situación se fue haciendo habitual en nuestro estado, primero en la zona serrana, como ya dijimos, y después en las otras dos zonas que lo complementan. La gente aprendió a obedecer sin reclamar, a reconocer la existencia de un gran señor dueño de vidas y haciendas, a aceptar que su vida quedaba a expensas suya y que la única posibilidad de sobrevivir y de alguna manera “prosperar” era trabajando para ese líder, para esa organización que los estudiosos denominan cártel.

No es fácil, por lo tanto, desmontar todo un aparato que se ha montado por décadas sobre las espaldas de la gente marginada, tanto de estos territorios de exclusión, significativamente rurales, como de ciertas zonas urbanas que se han contagiado por imitación. ¿Qué joven de estos lugares marginados podrá resistir el ofrecimiento de “trabajo” por un sueldo de 5 mil pesos semanales? ¿Qué institución pública o privada paga ese salario a alguien que no tuvo la oportunidad de estudiar? Porque eso es lo que gana un mando regular en el mundo del narcotráfico, alguien que porta los radios de comunicación y avisa por dónde están los retenes de autoridades y adversarios. Si le seguimos, veremos que el tabulador sigue aumentando, que el menú de opciones son muchas para medrar en este negocio ilícito. Preguntémonos cuánto se paga por un asesinato, cuánto por una tortura, cuánto por un robo, cuánto por un secuestro, cuánto por una extorsión, cuánto por una delación, etcétera.

La solución a este problema no es fácil. El mundo del narcotráfico ha permeado grandes capas de la estructura social. El contingente con el que cuentan es demasiado grande, porque grande es la ambición de los que ahí incursionan y quienes los reclutan tienen la manera de sostenerla aunque sea por un momento. Ya van tres mil muertos desde que estalló esta guerra contra el narcotráfico y no se ve que el poder de acción con que cuentan disminuya. Desafían matando a comandantes policiacos, a soldados, a miembros de la guardia nacional, a políticos y a todo lo que se les atraviese, hasta en el pleno centro de la ciudad. La ciudadanía tiene que despertar y ponerse del lado de las autoridades si quieren que esta pesadilla acabe pronto; y el Estado, por su parte,  tiene que desplegar su presencia por todo el territorio nacional, brindando prosperidad, justicia, protección y paz social.

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