En defensa de las Humanidades
Publicado el , y escrito por:Su carencia de valor práctico, desde el punto de vista de los jóvenes, no implica que no tengan ningún valor ni utilidad. En la realidad, todas ellas son carreras fundamentales para el sano desarrollo
Las universidades hoy en día atraviesan por una severa crisis de matriculación de alumnos en el área de humanidades. Lo que observamos en los recintos de la UAS es una tendencia que se repite a nivel mundial y hasta el momento no se ha encontrado una explicación convincente ni estrategias para contener su declive. Carreras como historia, filosofía, letras, sociología y antropología ven cada vez más vacías sus aulas hasta el grado de tener que cerrar por falta de demanda, como ha sucedido aquí en la UAS con sociología y antropología.
Es verdad que nunca han sido carreras muy populares, pues sus estudios van a contrapelo de un sistema político económico que valora el éxito individual manifestado en la adquisición de bienes materiales. No son carreras que sean útiles para enriquecer a una persona o por lo menos para garantizarle un empleo decoroso, como sí lo pueden ser derecho, contabilidad o medicina, por ejemplo.
Su carencia de valor práctico, desde el punto de vista de los jóvenes, no implica que no tengan ningún valor ni utilidad. En la realidad, todas ellas son carreras fundamentales para el sano desarrollo de una sociedad porque su principal materia de estudio es la reflexión sobre lo que son la Verdad y la Justicia en relación con el hombre y su vida en sociedad.
Las Humanidades ayudan a formar jóvenes reflexivos, juiciosos, críticos, capaces de discernir el bien del mal, la verdad de la mentira, la justicia de la injusticia. Un joven formado en humanidades se convierte en la conciencia crítica de su sociedad y desde esa posición se convierte en un ciudadano modelo a través de la personalidad proactiva que se le desarrolla. Estos jóvenes humanistas serán los más férreos defensores de los valores y tradiciones que contribuyen a una vida armónica en sociedad, de todo aquello que hace grande y respetable a un individuo y a una nación. Son ellos, los humanistas, la reserva moral, la conciencia viviente de sus comunidades, los que pueden con su ejemplo de desprendimiento de los bienes materiales, moderar los apetitos de sus congéneres que los aproximan más a la condición de bestia que de ser humano.
Sus estudios y las habilidades que desarrollan no es algo que no le importe a nadie ni que sirva para nada, como comúnmente se suele pensar. Esta falsa percepción quizás sea la causa de la escasa aceptación entre los jóvenes, sobre todo los que buscan palear un poco su condición de pobreza. Un joven historiador, un letrado, un filósofo, un sociólogo o un antropólogo deberían ser requisito obligatorio para todo mandatario de los tres niveles de gobierno, también para cualquier legislador de una de las dos cámaras o para cualquier miembro del poder judicial. Incluirlos como asesores debería ser una práctica común, porque se debería comprender que un buen gobernante o un buen funcionario de alto nivel necesita del auxilio de estos egresados para una toma sensible y juiciosa de decisiones. El principal mal que aqueja a nuestra sociedad sinaloense y mexicana en general, es la violencia criminal; este crimen que atenta contra la dignidad humana, contra la vida misma de los seres humanos, y que nos precipita en una espiral de destrucción y muerte sin fin, puede ser revertida por un cuerpo de humanistas solidamente formados y vertidos por todos los intersticios del tejido social.
Ahí tienen un campo de acción muy amplio, una fuente natural grandisima de empleo. Eso lo deben saber sus escuelas, la clase política y la burocracia concomitante. Los humanistas salen también preparados para ser grandes comunicadores, y ese campo en el día de hoy es infinito.
Las Humanidades no pueden desaparecer de las universidades. Si así sucediera, estas tendrían que cambiar su nombre, pero ya no podrían utilizar el término genérico de Universidad.
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