La Muerte No Tiene Permiso

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Contener a un “ejército” de decenas de miles o cientos de miles en el país no es tarea fácil, mucho menos aquí en Culiacan considerada la mátrix del narcotráfico. En cada colonia, en cada barrio...

El gobernador Rubén Rocha moya y su secretario de gobierno Feliciano Castro Meléndrez han hecho tremendos esfuerzos por regresar a Culiacán a la normalidad. El objetivo ha sido siempre el reactivar su economía, recuperar los espacios públicos, devolver la vida nocturna, pero sobre todo garantizar el desarrollo pleno de las actividades escolares. Para ello han propiciado una estrecha colaboración con el gobierno federal, el cual ha desplegado en la ciudad un nutrido contingente de policías y soldados para contener la ola de violencia desatada desde hace un año.
El éxito de este plan de contingencia ha sido gradual. Después de una enconada resistencia inicial que arrojó virulentos estallidos de anarquía violenta, la paz se ha recuperado poco a poco. Los fascinerosos ya no se pasean tan impunemente por nuestras calles como lo hacían antes, en convoys de 5, 10, 15 camionetas como acostumbraban. El decomiso de armamento de alto poder y la detención o eliminación de numerosos grupos criminales ha sido la constante de los últimos meses, sin importar bando ni facción.

Desgraciadamente, no han sido suficientes todas estas rigurosas medidas para desarticular un fenómeno que había penetrado hasta en las capas más profundas de la sociedad, aquellas que uno podría pensar que son inmunes a su contagio como serían las clases medias y altas ilustradas. En asunto de dinero todos somos herejes, dijo alguien por ahí, y aquí en Culiacán eso ya se había convertido en ley. Si hasta ellos fueron víctimas de su influjo, pensemos ahora como no lo serían los sectores más vulnerables tanto del campo como de la ciudad, los campesinos y obreros depauperados por la innegable desigualdad social existente en nuestra entidad y en todo el país.

Contener a un “ejército” de decenas de miles o cientos de miles en el país no es tarea fácil, mucho menos aquí en Culiacan considerada la mátrix del narcotráfico. En cada colonia, en cada barrio de la ciudad y en cada ranchería y ejido del municipio hay por lo menos hasta 20 familias involucradas directa o indirectamente en esta actividad ligada al narcotráfico y el crimen organizado. En una ocasión, viviendo en cierta colonia me pude percatar de la gravedad del fenómeno: al lado derecho, al lado izquierdo, al frente y en la retaguardia de mi pequeña casa en renta vivía gente ligada a este submundo: ¡en un radio de menos de 20 metros, cuatro familias involucradas en ello!

La batalla se está dando. El gobierno estatal, con ayuda de la federación, no ha dejado de cumplir su responsabilidad y las acciones que ha acometido han sido muy contundentes. Los grupos armados clandestinos e ilegales han sido replegados y dispersados como nunca antes lo había hecho ningún gobierno y eso está provocando estertores. Su estrategia, la de los violentos, ahora es emprender incursiones furtivas en las calles de la ciudad, dar un golpe y retirarse inmediatamente a sus refugios clandestinos. Su finalidad es aparentar que no han sido derrotados, que todavía poseen combatientes con poder de fuego y que seguirán su línea de intimidar a las autoridades y a la población en general para mantener su correlación de poder habitual.

Estas medidas pueden calificarse de irreflexivas, irracionales, impulsivas, fruto de la desesperación. Matar a ancianos en sillas de ruedas, a adolescentes adentro de sus casas, a policías desarmados, a mujeres y hasta niños, no indica otra cosa de que quieren seguir sembrando el terror para desacreditar a las autoridades, lanzar una sombra de sospecha o de incompetencia sobre ellas, torcerles el brazo y finalmente sentarlas  a negociar en sus propios términos. Por ello, en vísperas, casi, de reanudarse un nuevo ciclo escolar, redoblan su estrategia asesinando a guardianes del orden frente a centros educativos, arrojando cuerpos cercenados por  callejones oscuros del primer cuadro de la ciudad y despojando en operaciones simultáneas decenas de vehículos a pacíficos conductores. A pesar de todos estos coletazos, los criminales se han dado cuenta de algo que ya es una realidad: los viejos tiempos se terminaron, su reino de vanidad, soberbia y maldad está por acabarse y la sociedad ya no piensa prestarse a ser su rehén.

El gobernador Rubén Rocha Moya no debe desviar el rumbo. Esta es la ruta correcta. La simbiosis federación-estado está dando resultados. El problema era de proporciones bíblicas, por lo que ningún enterado esperaba el quebranto de ese maligno poder de la noche a la mañana. Nuestra economía se tiene que reconfigurar, así como la educación en general y muchas de nuestras prácticas culturales, en donde está implícito un mayor apoyo al deporte. Nuestra juventud debe ser rescatada y todas esas fuerzas del mal destruidas; ellos no deben tener ninguna posibilidad de abortar el derecho a la educación de nuestros jóvenes sembrando el miedo y la sicosis afuera de las escuelas. En Sinaloa, la muerte ya no tiene permiso; la paz y la armonía ahora vienen a ocupar su lugar.

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