La paz de los sepulcros

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El acopio de bienes materiales y el disfrute de una vida regalada, obtenidos de la noche a la mañana es un espejismo que seduce a todos, pero que solo alcanzan unos cuantos y no por mucho tiempo.

Es muy loable el esfuerzo que un conjunto de ciudadanos como Othon Herrera y Cairo y Emiliano Terán, entre otros, hacen para promover la paz en Sinaloa. A través de una serie de actividades que implican un acercamiento directo con los sectores más vulnerables de nuestra sociedad, intentan crear conciencia entre los propios jóvenes y sus padres, de que el camino fácil del narcotráfico, generador de la violencia que nos aterra, pues en realidad no es tan fácil como aparenta.

El acopio de bienes materiales y el disfrute de una vida regalada, obtenidos de la noche a la mañana es un espejismo que seduce a todos, pero que solo alcanzan unos cuantos y no por mucho tiempo. La realidad es más cruda, llena de hambres, sufrimientos, desvelos, fatigas, sobresaltos, tensiones, luchas, enfrentamientos y muerte. El bajomundo es el peor de los regímenes de “convivencia humana”, ya que carece de toda ley, norma, regla o principio que rija la relación entre todos los que se involucran en el. 

Lo que priva ahí es la ley de la selva, el predominio del más fuerte, la figura señorial y omnipotente de un macho alfa que actúa como el amo y señor de todos. En ese mundo no hay derechos, solo obligaciones y obediencia sumisa, idéntica a la que prestaban los esclavos o los siervos en los momentos cumbres de esos nefastos regímenes políticos. Ninguno de quienes trabajan para ellos, ni siquiera sus parientes más cercanos, son dueños de su persona; son gente sin voluntad, casi sin alma, porque viven como si estuvieran ya muertos, dispuestos a cometer los trabajos más pesados o más infames, sin protestar ni objetar cargo de conciencia alguna.

¿A poco es muy fácil un trabajo que te hace trabajar día y noche sin ningún descanso, en medio del monte, bajo los torturantes rayos del sol, a una temperatura de 50 grados, sin techo, sin lecho, sin comida saludable y aceptable, comiendo una vez al día y solo tortillas con queso y chile? Vivir por meses remontado en lo más abrupto del cerro o del manglar, soportando mosquitos, sabandijas, culebras, fieras salvajes; ¿todo para qué? Para que te digan corre y sálvate o para que te den una cachetada y te digan que te fue bien con la punta del AK 47 en las costillas.

¿A poco es fácil matar a un ser humano, y hacerlo como te piden que lo hagas, comúnmente: secuestrarlo, torturarlo, arrancarle un dedo, una mano, un pie o la cabeza misma, degollarlo como a una cabra y verlo morir hasta desangrarse por completo? No es fácil destripar a nadie, descuartizarlo y meter sus miembros en una maleta. No es fácil transportar a esas víctimas como si fuera ganado recién sacado del rastro y colgarlos de los pies desde un puente todos decapitados. No, no es fácil adquirir la riqueza que te ofrece el mundo del narcotráfico. Eso te consume la vida, te cuesta literalmente la vida y solo lo consigue el uno por ciento de quienes lo intentan, aunque no lleguen a vivir más de 30 años.

Estas representaciones de la cruda realidad de ese “oficio” deben estar muy presentes en las mentes de los jóvenes de los sectores rurales y urbanos que sufren una alta tasa de marginación y pobreza. Muchas veces se sacrifican por sus propios padres, condolidos por la miseria en la que siempre vivieron y de la que ellos mismos quieren escapar. Quieren darles una mejor vida, ayudarlos a criar a sus hijos si aún están pequeños, sacarlos de ese rancho que no les ofreció a ellos ningún futuro o mejorarles su casita en esa colonia polvorienta ayuna de toda cultura y sano esparcimiento.

La narrativa que se les ofrezca debe ser también una vinculada a la esperanza basada en hechos y no solo gestos de buena voluntad. ¿Cómo ayudar a estos jóvenes a continuar con sus estudios y no desertar ya en secundaria? ¿Quién les garantiza los 100 pesos diarios para su pasaje y alimentos de la jornada escolar? ¿Quién los apoya para sus útiles y libros, para sus colegiaturas, para sus eventos especiales? Sacar a los jóvenes de la vía de la criminalidad cuesta mucho dinero, implica un gran programa social de inclusión en el que se vea volcado con decisión el propio Estado mexicano. Mejorar las condiciones de vida de sus padres tiene que ver con la construcción de una sociedad más empática hacia las personas menos favorecidas por la vida, tiene que ver con más y mejores empleos, más y mejores servicios públicos, tiene que ver con una sociedad que combata la corrupción pública e imparta justicia social, castigando a los defraudadores fiscales y a todo tipo de personajes violadores de la ley sin excepción.

No queremos que se construya la paz sobre una montaña de cadáveres. Las estadísticas indican que desde que empezó el tercer culiacanazo, el 9 de septiembre de 2024, hasta la fecha, van 1,552 asesinatos, muchísimo más de los que se registraron en el periodo 2023-2024, que fueron 407 las víctimas. La colaboración de todos ciertamente es clave para revertir la situación: se debe crear una simbiosis entre autoridades y sociedad civil que realmente funcione; sin desconfianzas, sin suspicacias y pensando solamente en alcanzar un bien tan apreciado como lo es la paz social. Que así sea.

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