¡NO Queremos Reyes!
Publicado el , y escrito por:En días recientes una oleada de protestas masivas por todo el territorio estadounidense tuvo lugar. Se bautizaron como el movimiento No Kings y nace como una repulsión a los abusos que ha estado cometiendo el Presidente Donald Trump.
En días recientes una oleada de protestas masivas por todo el territorio estadounidense tuvo lugar. Se bautizaron como el movimiento No Kings y nace como una repulsión a los abusos que ha estado cometiendo el Presidente Donald Trump de su mandato constitucional.

La base del argumento de los manifestantes reside en la idea de que el titular del poder ejecutivo de su país está asumiendo poderes dictatoriales que ponen en entredicho las libertades individuales de sus ciudadanos y los rebaja a casi la condición de súbditos, de los que se pide solo sumisión y obediencia.

El autoritarismo desplegado por Trump conculcando muchos derechos ya conquistados en lo individual y colectivo, como el derecho de las mujeres a ser dueñas de sus cuerpos o el de los trabajadores a agruparse en sindicatos, así como la promulgación de leyes que fomentan el enriquecimiento descomunal de las grandes corporaciones transnacionales y el involucramiento en guerras sin sentido, es un comportamiento rechazado por el pueblo estadounidense desde que luchó por su independencia del imperio británico. John Jays, James Madison y Alexander Hamilton lo dejaron muy claro en los papeles federalistas para convencer a varios estados a aceptar la Constitución de 1789, en los que expresamente se establecía el proceso de
checks and balances (medidas y contrapesos) para limitar el poder del gobierno central y de su presidente, ante el temor de que este, en la nueva República federal que se formaba, se extralimitara en su poder y actuara como otro Rey Jorge, apaleado a la gente común y enriqueciendo bestialmente a sus favoritos.
Para lograr sacar adelante los votos necesarios para hacer válida la Constitución que rige actualmente los Estados Unidos, se tuvo que autorizar una serie de enmiendas en los que se protegía a los ciudadanos de los abusos autoritarios a los que puede conducir una gran concentración de poder en una sola persona y en un gobierno centralizado.
Por lo tanto, el principio de que ningún gobierno federal ni ningún Presidente de la república está por encima de los derechos de los estados y de los individuos, no debe jamás violarse. Para los demócratas genuinos no hay ningún argumento valedero que esté por encima de este pilar fundamental de su nación, ni razones de seguridad nacional ni recuperación de la grandeza como primera potencia perdida.

Entre 1828 y 1836 gobernó los Estados Unidos un presidente llamado Andrew Jackson, a quien apodaron sus detractores como King Andrew the First. Paradójicamente, fue el fundador del Partido Demócrata, principal impulsor de estas protestas contra el nuevo King llamado Donald Trump. En esa época a Jackson se le retrató como un monarca tiránico que pisoteaba la Constitución y abusaba de su veto presidencial. Se le acusó de impedir la renovación del Banco Nacional, lo que sus opositores creían era inconstitucional y dañino para la economía. De igual manera, eliminó fondos de ayuda federales y removió de sus tierras a miles de indios nativos, siendo considerado por ello como un aspirante a monarca, un nuevo César pero estadunidense.
Donald Trump, a mi parecer, es la calca de este presidente que apoyó a los texanos en su guerra contra México, y que poseía ese talante populachero e irreverente, llegando hasta lo vulgar y grosero, siempre festejado por una amplia base electoral. Jackson fue el primero en intervenir, como hoy Trump, en el oriente, en tierras de Malasia, cuando envió un buque de guerra a bombardear estas tierras donde se alojaban piratas que asolaban los buques mercantes de su país. Fue una expedición naval punitiva muy aplaudida en sus tiempos por todos. Quizás los demócratas que hoy luchan en las calles contra un Rey no lo recuerden, pero el fundador de su partido fue el primero que empezó con todo esto: la drástica expansión del poder presidencial que en sus tiempos redefinió el cargo presidencial. Hoy, lo hace de nuevo un presidente que milita en el partido contrario, en el Partido Republicano; lo hace amparándose en la legitimidad del apoyo popular que hizo posible su retorno al poder. La presidencia de Jackson provocó un gran encono y división interna que diez años después, la república norteamericana intentó solventar con la expansión territorial a costillas de México, lo que a fin de cuentas no hizo sino exacerbar su divisionismo y traer consigo su catastrófica Guerra Civil.

Trump no ha esperado a que sus sucesores hagan lo mismo. El mismo ya lo ha puesto en práctica: busca una nueva guerra y un gran éxito militar; otra expansión territorial que fomente la unidad nacional hoy puesta en predicamento por su soberbia y ambición desmedida. Solo esperamos que esto no tenga como fin otra Guerra Civil en los Estados Unidos y una destrucción de su pacto federal. Su pueblo se merece mejores gobernantes, unos que pongan fin a su militarismo expansionista y a la obscena, por inequitativa, repartición de la riqueza nacional.
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