Tierra Quemada

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Lo que sucedió en Tepuche es muy grave, cierto. Demuestra que México no está solapando a los carteles de las drogas y está pagando un alto precio al combatirlos.

La Operación Cóndor en la sierra sinaloense fue la secuela de una ola de violencia sangrienta que azotó la capital del Estado a mediados de los años setenta del siglo pasado. Las vendetas entre los grupos criminales rivales tenían ya tiempo asolando las calles culichis, dejando un reguero de muertos por todos lados. Se dejó de respetar horas del día y lugares sagrados para llevar a cabo sus enfrentamientos armados, poniendo en evidente riesgo la vida de los ciudadanos ajenos a sus canibalescas ambiciones. En una de esas confrontaciones ocurrida por la calle Francisco Villa a la altura de la calle Andrade y Aquiles Serdán murieron más de 30 personas en un tiroteo entre bandas rivales que se prolongó por horas y convirtió aquello en una orgía de humo y sangre.

El gobierno federal acudió al llamado de auxilio que le hizo el gobernador en turno y decidió que había de cortar de raíz el mal que tenía su origen en la sierra sinaloense, lugar donde se cultivaban los enervantes que producían la riqueza  causante de todo este problema. Se desplegaron por la zona conocida como el triángulo dorado miles de soldados y cientos de policías federales con el fin de erradicar los cultivos y detener o abatir a los productores de los cultivos ilícitos. El efecto que provocó este despliegue de fuerza por parte del Estado fue devastador: casas allanadas, mujeres violadas, graneros y ganado destruidos, cosechas quemadas y como colofón de todo, simples campesinos o jornaleros asesinados a mansalva. Se aplicó sin consideración alguna una táctica militar de tierra quemada que provocó un éxodo de población de la sierra a la ciudad y un destierro de los principales capos que huyeron de Culiacán y se refugiaron en la ciudad de Guadalajara.

La respuesta del Estado ante el desafío de los narcotraficantes sinaloenses de ese tiempo fue contundente. Aplicó toda su fuerza para restablecer el orden y la calma perdida en este territorio, pero en su celo soberano de ejercer la violencia legítima hizo pagar también a justos por pecadores. No queremos que eso suceda de nuevo a raíz del asesinato de un alto mando de los cuerpos de élite del Ejército mexicano caído en misión en el poblado de Tepuche el día de ayer. Sabemos que ello representa un tremendo desafío de los grupos fascinerosos a la potestad del Estado y a la razón de ser de sus fuerzas armadas. El espíritu de cuerpo de estás últimas ha sido herido y puede debilitarse si quienes perpetraron esa cobarde emboscada no reciben su justo castigo.

Pero ahora, a diferencia del pasado, se debe actuar con más inteligencia y paciencia para no cometer esos abusos sobre los no combatientes. Sabemos que en las guerras irregulares de este tipo, los insurrectos suelen disolverse entre la población civil y forzar su colaboración, lo cual no debe ser motivo para actuar indiscriminadamente. El Estado y sus fuerzas armadas no deben aplicar otra política de Tierra Quemada en la sierra sinaloense por más que los hechos recientes los inciten a ello. Lo que sucedió en Tepuche es muy grave, cierto. Demuestra que México no está solapando a los carteles de las drogas y está pagando un alto precio al combatirlos. Vivimos ya prácticamente bajo los estándares de una guerra de baja intensidad y se corre, por tanto, el peligro de que esto escale a mayores niveles después de la emboscada a la patrulla del Ejército mexicano. Es muy importante, por lo tanto, de que se atrapé inmediatamente a los verdaderos perpetradores de este atentado y se auyente así la posibilidad de que la comunidad deTepuche y pueblos circunvecinos sufran los efectos de la ira de las fuerzas armadas. El Ejército mexicano siempre, en cualquier circunstancia, debe tener a su lado, como aliados, a los habitantes pacíficos de pueblos y rancherías si quieren ganar está guerra pequeña no deseada por nadie.

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