En las Simas de la Desesperación
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El reciente atentado contra una mujer embarazada, Fernanda, que pierde la vida junto con su hijo de vientre en Los Mochis, nos obliga a pensar sobre la condición humana una vez más. Sería muy fácil decir que los sinaloenses son unas bestias atrapados en un circulo vicioso de sangre y violencia derivado de un entorno que se configura a partir del narcotráfico, pero pecaríamos de reduccionistas hacerlo así, porque hay algo más profundo detrás de este fenómeno.
La primera reacción, bastante recurrida, es victimizar a la víctima acusándola de un desliz, de una falta, de un involucramiento, de un pecado imperdonable por parte de su verdugo, solitario o grupal. Con esto se busca justificar, darle carta de naturalidad, a un crimen atroz que queda fuera del comportamiento “normal” de todo ser humano. Se nos ha inculcado que el hombre es un ser racional situado muy por encima de los instintos irracionales del animal, e incluso, de acuerdo con la filosofía spinocista, que es un ser dotado de la esencia divina, no separado de ella, sino que Dios mismo vive de manera finita dentro de él, así como dentro de todos los seres de la naturaleza.
Cuando nos enteramos de casos similares a los de Fernanda, los calificamos inmediatamente de inhumanos y damos por sentado que no es propio de nuestra condición semejantes crímenes. Es propio de un león matar a las crías de su pareja que no son de él, pero jamás aceptaremos un comportamiento similar en el hombre.
Sin embargo, los hechos a lo largo del tiempo nos revelan conductas tanto individuales como colectivas que rebasan en crueldad e impiedad a la de los animales. Ni los tabúes ni los decálogos de las sociedades primitivas han impedido que asome sus fauces la bestia que los humanos llevamos dentro. Las religiones más difundidas como el cristianismo o el islamismo tampoco pudieron desarraigar la gota de maldad y perversión que permea nuestro Ser. Los holocaustos, genocidios, asesinatos seriales, parricidios, matricidios, feminicidios, infanticidios, etc., han aparecido siempre. En la cultura occidental, en la cual estamos insertos y que desde el imperio romano quedó muy vinculada a las enseñanzas del Evangelio, tal parece que ya se olvidó el principal mensaje que lo caracteriza, que es el de predicar y practicar la paz y el perdón ante todo.
En la actualidad, los altos niveles de conciencia (que no es otra cosa mas que una buena educación sentimental y humanista) se ven muy disminuidos y poco trabajados. Sin eso, es muy difícil contener el mal que se esconde en los pliegues más intrincados de nuestro inconsciente. El Estado ha descuidado mucho la educación de niños y jóvenes ninguneando materias como filosofía, literatura, ética y civismo, arrastrado por un sistema donde solo el homus economicus tiene primacía. Se exalta la lucha, la competencia, el egoísmo y el éxito (la riqueza) a ultranza, por encima de todas las relaciones humanas. La Iglesia, la otra gran educadora, se ha visto, por su parte, desbordada por el aumento de la población y el encogimiento de las vocaciones sacerdotales. Hay, por lo tanto, poblaciones y territorios enteros dejados a la mano de Dios, sin participación del Estado y de la Iglesia en su correcta formación.
En fin, el hombre moderno navega a la deriva, sin un horizonte al cual dirigirse, disminuidos hoy a su mínima expresión la idea de Revolución y el concepto de Dios. Es presa, este hombre, del ruido de múltiples y disímbolas voces que lo acosan por todos lados, lo confunden y lo hacen caer, no en las cimas como dice Cioran, sino en los abismos, en las simas de la desesperación y el nihilismo: Nada importa, Todo vale. Cuando en una sociedad se ha instalado con fuerza una cultura de la muerte, resulta muy difícil para quien gobierna, sea del partido que fuere, poder desterrar de las calles la violencia y el derramamiento de sangre, que en no pocas ocasiones se lleva tras de sí a seres inocentes, como ha sido el caso más reciente sucedido en Los Mochis.
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